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Responsables del devenir de la humanidad

Aunque la mayoría de los individuos nos manejamos -en el área emocional- desde el punto de vista ciego del niño herido que hemos sido, hago un llamado al flanco más maduro que podamos rescatar de nosotros mismos y a la  disposición para observar, ordenar y asumir la realidad afectiva de la que provenimos, para luego poder tomar decisiones de acercamiento al diseño original del ser humano y contribuir a tomar las riendas para regresar a una civilización más amable, amorosa, altruista y ecológica.

Nuestras infancias

Las infancias que nosotros hemos vivido, han sido anti niños. Están alejadas del diseño original del mamífero humano. He allí el germen de todo el sufrimiento humano posterior. Para que los niños pequeños no suframos, necesitamos adultos que confíen en  nuestros reclamos, que serán siempre justos, necesarios, ecuánimes, precisos y legítimos…

Una civilización niñocéntrica

Una civilización respetuosa, amorosa, solidaria y beneficiosa para todos, debería ser niñocéntrica. Es decir, organizada según las necesidades de los más pequeños.

Adaptada a los más pequeños. Fácil y dichosa para los más pequeños.

Una escuela feliz

El propósito original que la escuela –bajo el formato que conocemos hoy- tuvo en sus inicios, respondía a las necesidades de las flamantes fábricas, proveyendo mano de obra calificada. La escuela era el lugar donde se disciplinaba y se igualaba a los niños. Esto es importante: en esa época dejaron de tener relevancia las aptitudes de cada niño, para estandarizarlos y para que pudieran responder a los requerimientos de las empresas.

Navidad y consumo responsable

Si descuidamos el sentido primordial de estas celebraciones, que pretenden rendir tributo al mensaje amoroso que hemos recibido de Jesús, nos vamos a desorientar.

Es imprescindible que volvamos a la fuente y recuperemos la armonía interior, confiando en la bondad y el amor.

Una buena noticia

La biografía humana intenta ordenar con un sentido lógico y en un encastre fino todas las vivencias de un individuo desde la experiencia del alma infantil. Mientras no contemos con el propio criterio personal, la vida es peligrosa. No hay modo de defendernos de los depredadores si no somos capaces de registrarlos.

La desesperación manifestada

Los niños lloramos mucho. Hacemos berrinches, intentamos por todos los medios explicarle a mamá que sufrimos en la escuela, que nos dan miedo los gatos, que el abuelo nos hace daño, que tenemos terror de quedarnos solos, que hay monstruos detrás de las ventanas, que los mosquitos nos pican escondidos entre las sábanas, que la maestra nos grita, que soñamos que nos morimos, que tenemos un nudo en el estómago y no podemos pasar la comida, que si la comida pasa nos lastima las tripas, que queremos quedarnos en casa, que no queremos jugar con niños que nos pegan, que estamos desesperados y sólo queremos un abrazo.

Un desastre ecológico

La falta de cuerpo materno disponible cuando somos niños es un desastre ecológico a gran escala. Si no logramos succionar la sustancia materna traducida en leche, abrazos, caricias, tacto, palabras suaves, mirada complaciente, frases cariñosas y comprensión cargada de compasión y ternura durante la niñez, no tenemos más remedio que anestesiar nuestros propios cuerpos y el desarrollo de nuestra vida espiritual futura. En el caso de las niñas, el congelamiento de nuestros cuerpos tendrá consecuencias nefastas sobre nuestra descendencia.

Navidad: la celebración de los nacimientos y de las infancias

Cada mes de diciembre celebramos la historia de una madre que atravesó su parto en medio de la naturaleza entre sus cabras, sus asnos y sus bueyes amparada por un hombre llamado José. Según algunos textos, José partió en busca de la partera pero cuando ésta llegó, Jesús ya había nacido. La mujer al mirar la escena exclamó: “Ese niño que apenas nacido ya toma el pecho de su madre, se convertirá en un hombre que juzgará según el Amor y no según la Ley”.