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Los desencuentros en las fiestas de fin de año

Según los Evangelios, los discípulos reprendían a quienes llevaban a los niños para que Jesús los tocara. Entonces Jesús los hizo llamar y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos”.

 

Dos mil años más tarde festejamos los anuncios de Jesús afiebrados por el consumo, agotados por la sobredosis de reuniones sociales y desmembrados por los intereses y exigencias de las familias ascendentes. Más allá de la connotación religiosa que estas fechas puedan tener para cada uno de nosotros, es obvio que se han convertido en un período de múltiples obligaciones familiares. Sin darnos cuenta, las fiestas devinieron ámbitos de desencuentro. Con frecuencia las parejas discutimos frente a la decisión de con cual de las dos familias conservamos compromisos y no podemos negarnos a participar. En qué hogar hay un familiar a quien no podemos defraudar. O qué es lo que corresponde comprar para que nadie se ofenda. Compras, regalos, comida, bebida, más regalos y niños arrastrados a altas horas de la noche, para participar en festejos en los que –contrariamente a nuestras intenciones- los más chiquitos quedan relegados. ¿Qué podemos hacer?

 

Si tenemos niños pequeños, es una buena oportunidad para tomar decisiones permitiendo que se acerquen a nosotros. ¿Cómo? Observándolos y registrando dónde, cómo, con quiénes, en qué horarios y bajo qué condiciones los niños pueden disfrutar las celebraciones, si es que necesitan festejar algo.  Dialoguemos entre adultos y decidamos lo que sea en libertad, pero tomando en cuenta el confort y el bienestar de los niños. Ellos tienen la prioridad.

 

Laura Gutman