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El hecho materno y el trabajo

 

Las mujeres estamos viviendo una contradicción permanente. Por un lado estamos diseñadas para proteger y alimentar a nuestra cría que es dependiente de nuestros cuidados. Por el otro estamos accediendo a territorios históricamente reservados a los hombres: la libre circulación, la autonomía y la independencia económica a través de nuestros oficios. Ese accionar se ha convertido en la imagen a través de la cual somos reconocidas como individuas (escribo a propósito esta palabra en femenino).

Ahora bien, cuando nace un hijo constatamos que no habíamos imaginado previamente el nivel de pérdida de identidad, libertad y autonomía que suponen la presencia de un niño pequeño. La realidad es que la crianza es fundamentalmente contacto, conexión, brazos, silencio, intimidad, amor, presencia, permanencia, sueño, noche, soledad, tiempo, sensibilidad, olfato, cuerpo e intuición. Nada más alejado del hacer al que estábamos acostumbradas y donde hemos obtenido visibilidad y valoración.

Sin embargo, ocuparse de un bebe no es sinónimo de reposo. Todo lo contrario. Pasa que es un hacer invisible desde el mundo concreto. Entonces frente al abismo de la invisibilidad del hecho materno, el quehacer en el mundo público se torna un salvavidas afectivo.

Ahora bien, si no necesitáramos resguardarnos en una identidad social, sabríamos que  maternidad y trabajo sí son compatibles. Porque no importa si trabajamos o no. Importa saber si tenemos suficientes recursos emocionales para responder a las necesidades de los niños pequeños cuando sí estamos en casa.  Siempre es posible seguir trabajando si es nuestro deseo o nuestra necesidad, sin que el niño tenga que pagar los precios del abandono emocional. Por eso el problema no es el trabajo. El problema es la vuelta a casa.  Si en casa estamos afectivamente solas, anhelaremos huir. Los mensajes de texto recibidos cobrarán prioridad, al igual que las compras en el supermercado, la depilación postergada, el encuentro con una amiga o el trabajo atrasado de la oficina, que crecerán al punto de inundar con su aparente urgencia los rincones de nuestra discapacidad emocional.

¿Cómo integrar entonces  el trabajo y la maternidad? Dándonos cuenta que el trabajo suele ser un lugar de nutrición y bienestar para nosotras, y que por el contrario la maternidad es el lugar donde nutrimos a otro. Por eso, el ejercicio de la función maternante requiere obligatoriamente, no sólo el apoyo efectivo de otros individuos, sino también una valoración colectiva. No podemos permanecer en la no existencia emocional.

Que la maternidad vuelva a tener un valor social prioritario, es responsabilidad de todos nosotros. Hombres y mujeres. Tengamos hijos propios o no. Si pensamos en el futuro como sociedad, si pensamos política, filosófica y económicamente, las cuentas dan bien sólo si los niños vuelven a tener un espacio amoroso  é intimo. Para eso necesitan a sus madres emocionalmente disponibles, además de valoradas, reconocidas, acompañadas y apoyadas en esa función, con el sustento económico y afectivo suficientes.


Laura Gutman